Ya lo habían advertido sus presentaciones durante el año 2012. Más allá de ofrecer una transformación visual, el camino que Camila Moreno buscaba atender distaba a años luz de la etiqueta que ha surgido con más fuerza dentro del último lustro, pero a la que los endosados huyen como si fuera el demonio: el folk.

“Panal”, su tercer título como solista, confirma las sospechas, y maravilla a los escépticos. Por mucho que las comparaciones con Björk surgieron –lo visual derrama muchas sensaciones, pero no siempre correctas- alrededor de ella, hay que apuntar que este disco es una transformación palpable, pero cuyas direcciones no son las mismas que toma la islandesa. Así se comienzan despejando dudas.

El comienzo, con el single ‘Incendié’ -con Trey Spruance en guitarra- entrega un antecedente de que la cantante nacional finalmente ha dejado el proceso de incubación para surgir como una evolución que se comprueba a lo largo de los trece cortes que conforman el álbum.

Las sombras acústicas develan el protagonismo anterior. ‘De Que’ se pone más al servicio de la canción, en un universo que podría ser emparentado con Arcade Fire. ‘Raptado’, ‘Caer’ y ‘Te Quise’ dejan en evidencia que esta vez, Moreno no es la furiosa ocupante de un micrófono, sino que la muestran como una diosa más cercana que nunca a los humanos, con voces susurrantes y una delicadeza que sobrecogen. El piano en esta última denotan todo el dolor alojado.

La producción a cargo de Cristián Heyne nuevamente juega a favor, y a la excelencia en el sonido se agrega la constante búsqueda. Percusión, elementos de oriente, texturas que van formando un universo posible –‘Yo Enterré Mis Muertos en Tierra’- y un variado número de detalles enriquecen de sobremanera y dan justicia a la palabra “progreso”, que se escucha desde el minuto uno.